Había ansiedad. Había memoria. Habían pasado años esperando volver a sentir el pulso de un Mundial. Y cuando Colombia salió al césped del Estadio Azteca este miércoles, el país entero parecía caminar detrás del mismo sueño: volver a competir entre los grandes.
La noche empezó incómoda. Uzbekistán, debutante en una Copa del Mundo, no llegó a mirar ni a rendir homenaje. Llegó a competir. Cerró espacios, defendió con disciplina y obligó a Colombia a tener paciencia. Durante varios minutos el partido fue más lucha que espectáculo.
Entonces apareció él.
Luis Díaz tomó la pelota como hacen los jugadores que entienden el tamaño del escenario. Primero avisó con un remate al palo. Después rompió el partido. Minuto 40: aceleración, lectura perfecta y asistencia para que Daniel Muñoz abriera el marcador. Colombia respiró. El Mundial ya tenía firma colombiana.
Pero los Mundiales nunca conceden tranquilidad.
En el complemento llegó el golpe inesperado: Uzbekistán empató con el primer gol de su historia en una Copa del Mundo y por unos minutos el Azteca quedó en silencio. Colombia tenía posesión, pero necesitaba liderazgo.
Y volvió a aparecer Lucho.
Cinco minutos después del empate, tomó el protagonismo que exigen las grandes noches. Recibió, encaró y definió para el 2-1. No fue solo un gol: fue una declaración. El hombre llamado a ser figura de Colombia respondió cuando el partido empezaba a complicarse. Gol y asistencia en su estreno mundialista. Figura absoluta.
Ya en el cierre, con Uzbekistán lanzado al ataque, apareció Jaminton Campaz para sentenciar el 3-1 y cerrar una victoria que deja a Colombia liderando el Grupo K tras el empate entre Portugal y República Democrática del Congo.
El marcador dice triunfo. La sensación dice algo más.
Colombia volvió al Mundial y encontró en Lucho Díaz el rostro de una ilusión que apenas comienza. En una noche de presión, lluvia y expectativa, el extremo colombiano hizo lo que hacen los distintos: transformar la tensión en fútbol y el fútbol en esperanza.
